Casi todos hemos sentido la presión de participar en algo que sabemos que está mal, solo porque negarse costaría caro: el empleo, la amistad, el lugar en el grupo. La iglesia de Tiatira vivía exactamente esa presión, y la mujer a quien Cristo llama Jezabel era el centro de ella.
Tiatira era una ciudad de gremios: tejeduría, tintorería, trabajo en bronce. Cada gremio tenía su dios patrono, y los banquetes de la cofradía incluían alimentos sacrificados a los ídolos y prácticas sexuales ligadas al culto. Negarse a participar podía costar el sustento de una familia entera.
Jesús elogia a la iglesia de Tiatira por el amor, la fe, el servicio y la perseverancia, reconociendo que ella hacía ahora más que al principio (Apocalipsis 2:19). Pero hay una reprensión grave: la iglesia toleraba a Jezabel, “esa mujer que dice ser profetisa” (Apocalipsis 2:20).
Con autoridad de profetisa, ella enseñaba que seguir a Cristo era compatible con la inmoralidad sexual y con comer de los sacrificios idólatras (Apocalipsis 2:20). El nombre no es accidental: evoca a la reina Jezabel del Antiguo Testamento, que impuso el culto a Baal sobre Israel (1 Reyes 16:31). Siglos después, sin ningún parentesco real, ella reaparece como el mismo patrón de idolatría y seducción espiritual.
Cristo afirma que ya le había dado tiempo para arrepentirse, y ella se negó (Apocalipsis 2:21). El juicio anunciado es grave: enfermedad para ella, sufrimiento para los que cometen adulterio con ella, y muerte para “los hijos de esa mujer” que no se arrepientan (Apocalipsis 2:22,23).
No sabemos su edad, su origen ni cómo terminó su historia; la Biblia registra pocos detalles biográficos sobre ella. El texto no pretende contar una biografía, sino registrar una advertencia: lo que ella enseñó y lo que Cristo respondió a eso.
La carta incomoda porque mezcla elogio sincero con tolerancia peligrosa: una iglesia puede amar, servir y perseverar de verdad, y aun así dejar espacio para lo que destruye por dentro. Jesús no acepta pureza sin amor, ni amor sin discernimiento; pide las dos cosas juntas, y eso es lo que sigue pidiendo a cada iglesia que lee esta carta hoy.