Imagina a una niña de doce años llevada llorando al altar, casada a la fuerza por razones de Estado que ni siquiera entendía bien. Así comenzó la vida pública de Juana de Albret, mucho antes de convertirse en reina y símbolo de la resistencia protestante en la Francia del siglo XVI.
Nacida en 1528 en Saint-Germain-en-Laye, era hija de Enrique II de Navarra y de Margarita de Navarra, escritora culta que protegía a reformadores perseguidos. Creció en un ambiente abierto a las ideas religiosas que entonces recorrían Europa.
En 1541 fue obligada a casarse con Guillermo de Cléveris, unión anulada años después. En 1548 se casó con Antonio de Borbón; tuvieron cinco hijos, de los cuales solo dos sobrevivieron hasta la edad adulta: Enrique, que más tarde se convertiría en rey de Francia, y Catalina.
Con la muerte de su padre en 1555, asumió el trono de Navarra. Gobernaba sola la mayor parte del tiempo, pues su esposo vivía envuelto en las disputas de la corte francesa y permanecía frecuentemente ausente del reino.
En la Navidad de 1560 declaró públicamente su adhesión al calvinismo, convirtiéndose en la mujer protestante más poderosa de Europa. Tres años después, el papa Pío IV amenazó con excomulgarla y consideró entregar su reino a quien lo conquistara, pero retrocedió ante la reacción de Catalina de Médici y del rey Felipe II de España, y la amenaza no se concretó.
Juana impuso el calvinismo como religión oficial de sus dominios, cerrando órdenes religiosas católicas y reorganizando el culto según el modelo de Ginebra. Esta imposición incluyó la expulsión de sacerdotes y monjas que se negaron a convertirse y el cierre de iglesias católicas: protegió a los reformados, pero costó la libertad religiosa de sus súbditos católicos.
Financió ejércitos hugonotes, se refugió en La Rochelle durante la tercera guerra de religión y encargó la primera traducción del Nuevo Testamento al vasco. Negoció personalmente acuerdos de paz entre católicos y protestantes.
Murió en París en 1572, meses antes de la Masacre de San Bartolomé. Su trayectoria recuerda que fe y poder político, cuando se unen, pueden proteger a los perseguidos, pero también pueden convertirse en un instrumento de coerción sobre quienes piensan diferente.