Toda familia guarda promesas hechas antes de que nosotros naciéramos: un voto de los abuelos, una tradición que ya nadie recuerda por qué comenzó. Mantener esas promesas cuando cuestan caro, cuando nadie las reclamaría si se olvidaran, revela algo sobre el carácter de quien las guarda.
Jaazanías era nieto de Habazinías y dirigía a la familia de los recabitas, descendientes de Jonadab, hijo de Recab. Siglos antes, ese antepasado había ordenado a los suyos: nunca beber vino, nunca construir casas ni plantar viñas, vivir siempre como nómadas en tiendas.
Durante el reinado de Joacim, rey de Judá, el Señor mandó a Jeremías llevar a Jaazanías y a toda la familia recabita a una sala del templo, y ofrecerles allí vino, delante de testigos. Era una prueba pública, dispuesta por Dios.
La respuesta llegó sin vacilar: “Nosotros no bebemos vino, porque Jonadab hijo de Recab, nuestro antepasado, nos dio esta orden: ‘Ustedes y sus descendientes no beberán vino jamás'” (Jeremías 35:6). Le explicaron que solo vivían en Jerusalén a causa de la invasión de los ejércitos de Babilonia y de Siria, un refugio temporal, no el abandono del voto (Jeremías 35:11).
Entonces Dios convirtió la prueba en un espejo. Si una familia seguía sin fallar la orden de un antepasado humano, ¿por qué Judá insistía en ignorar, generación tras generación, los mandamientos del propio Creador, repetidos por tantos profetas que les había enviado (Jeremías 35:12-16)?
Como recompensa, el Señor prometió que el linaje de Jonadab nunca dejaría de tener un descendiente delante de él (Jeremías 35:19). Jaazanías, casi un personaje secundario en el relato, se convirtió en prueba viva de que Dios ve y recompensa la obediencia guardada sin público y sin interés.
La vida de Jaazanías le pregunta al lector qué sostiene cuando nadie está revisando: un límite, un compromiso, una palabra dada hace mucho tiempo. Familias comunes, fieles en secreto por generaciones, siguen siendo el tipo de testimonio que Dios usa para hablarle a naciones enteras.