¿Quién no ha sentido el peso de mantener las apariencias ante los demás, aun sabiendo, en el fondo, que estaba equivocado? Herodes Antipas vivió toda su vida en ese dilema: un hombre con poder suficiente para hacer lo que quisiera, pero demasiado esclavo de la opinión ajena para hacer lo que sabía que era correcto.
Hijo de Herodes el Grande, Antipas recibió de su padre, al morir este, el gobierno de Galilea y Perea como tetrarca, un título romano de segunda categoría, siempre un escalón por debajo del trono de rey que tanto ambicionaba.
Su vida dio un giro cuando abandonó a su primera esposa para casarse con Herodías, la esposa de su propio hermano. Juan el Bautista denunció públicamente esa unión, y Antipas lo hizo apresar (Marcos 6:17-18). Aunque temía a Juan como hombre justo, le gustaba escucharlo (Marcos 6:20).
En un banquete, presionado por un juramento imprudente y por la vergüenza ante los invitados, Antipas mandó decapitar a Juan el Bautista (Marcos 6:21-28). No fue la convicción lo que lo movió, sino la incomodidad social frente a quienes lo observaban.
Más tarde, al oír hablar de Jesús, su primer pensamiento fue de pavor supersticioso, temiendo que Juan hubiera resucitado (Marcos 6:14-16). Advertido de que Antipas quería matarlo, Jesús respondió con desprecio, llamándolo zorro (Lucas 13:31-32).
En la Semana de la Pasión, Pilato envió a Jesús ante Antipas para ser juzgado. Curioso, esperaba ver alguna señal; solo recibió el silencio de Jesús (Lucas 23:8-9). Frustrado, lo ridiculizó junto con sus soldados y lo devolvió a Pilato (Lucas 23:11).
Ante el propio Hijo de Dios, el tetrarca solo tuvo curiosidad y burla, ninguna pregunta seria, ningún arrepentimiento. Años después, la misma vanidad que lo llevó a matar a Juan lo llevó a la ruina: acusado de ambición excesiva ante el emperador, perdió el título y murió en el exilio.
La historia de Antipas es un espejo incómodo. El poder sin conciencia corroe por dentro, y el silencio de Jesús ante él muestra algo serio: hay un punto en el que Dios deja que el corazón endurecido siga su propio camino.