Casi todos hemos sentido la presión de hacer lo que sabemos que está mal solo para evitar un conflicto mayor. Es más fácil ceder a la multitud que sostener solos una decisión correcta. La historia de Poncio Pilato trata de un hombre que tuvo la verdad en la mano y, aun así, eligió la paz con la multitud.
Antes de aparecer en la historia como el gobernador que condenó a Jesús, los evangelios lo llaman casi siempre solo Pilato: el nombre completo, Poncio Pilato, aparece solo en Lucas 3:1 y en 1 Timoteo 6:13. Gobernaba Judea como prefecto romano, nombrado por el emperador Tiberio, cargo que exigía mantener el orden sobre un pueblo que Roma veía con desconfianza.
Pilato no era un administrador amable. Lucas registra que llegó a mezclar la sangre de galileos con los sacrificios que ofrecían, una señal de la mano dura con que gobernaba (Lucas 13:1). Fue ese hombre, acostumbrado a decidir vidas, quien se vio frente a Jesús en una mañana de Pascua.
Interrogó a Jesús y no encontró en él ningún delito, lo dijo abiertamente más de una vez (Lucas 23:4; Juan 18:38). Intentó escapar de la decisión enviando a Jesús a Herodes, que también tenía jurisdicción sobre la región (Lucas 23:6,7), y después ofreció cambiarlo por el criminal Barrabás, pero la multitud gritó por Barrabás (Mateo 27:15-21).
En medio del juicio, su esposa mandó avisarle sobre un sueño perturbador y le pidió que no se involucrara con ese justo (Mateo 27:19). Pilato se lavó las manos delante del pueblo y se declaró inocente de la sangre de Jesús, pero el gesto simbólico no deshizo la orden que él mismo dio, la de azotarlo y entregarlo a la cruz (Mateo 27:24,26).
Mandó fijar en la cruz un letrero en tres idiomas, Jesús de Nazaret, el Rey de los Judíos, y, cuando los sacerdotes pidieron cambiar el texto, se negó: Lo que he escrito, escrito está (Juan 19:19-22). Sin darse cuenta, el hombre que temía perder el favor del César dejó registrada la acusación más exacta de la historia.
Pilato sabía la verdad y aun así cedió, presionado por el miedo a perder prestigio ante el emperador (Juan 19:12). Lavarse las manos no borra la responsabilidad de quien tenía el poder de decidir. Su historia le pregunta al lector qué hacer cuando conoce lo correcto y siente el peso de la multitud tirando hacia el lado equivocado.