En un hogar cuáquero de Filadelfia, en 1832, nació una niña que décadas después enseñaría a multitudes, al otro lado del océano, a confiar simplemente en Dios. Hannah Whitall Smith creció entre los negocios de vidrio de la familia y las reuniones silenciosas de los cuáqueros, lejos de imaginar el alcance que tendría su pluma.
A los diecinueve años se casó con Robert Pearsall Smith, también de familia cuáquera, y fue a vivir cerca de Filadelfia. La pareja tuvo siete hijos, pero solo tres llegaron a la edad adulta. El dolor repetido de las pérdidas moldeó su búsqueda de una fe práctica, capaz de sostener en medio del sufrimiento.
En la década de 1860, Hannah y Robert se acercaron a la enseñanza wesleyana de la santificación y a lo que se conoció como el Movimiento de la Vida Más Profunda. Ella pasó a predicar y escribir junto a su esposo, algo inusual para una mujer de la época, ganando reputación como oradora bíblica clara y persuasiva.
En 1874 y 1875, la pareja lideró grandes reuniones en Inglaterra, en Oxford y Brighton, que reunieron a miles de participantes y ayudaron a sentar las bases de lo que se convertiría en la Convención de Keswick. Hannah dirigía estudios bíblicos diarios para multitudes y llegó a ser conocida como “el ángel de las iglesias”.
El éxito público se vio interrumpido en 1875, cuando Robert fue acusado de conducta impropia en una sesión privada de oración con una seguidora, episodio que puso fin al ministerio itinerante de la pareja en Inglaterra. Hannah mantuvo su reputación de escritora, pero la familia vivió el caso como una herida pública y privada.
Todavía en 1875 publicó El secreto de una vida cristiana feliz, resumen de su predicación sobre la entrega total y la confianza constante en Dios. El libro vendió más de dos millones de ejemplares aún en vida de la autora y sigue imprimiéndose más de un siglo después.
Ese mensaje de confianza tranquila, sin embargo, convivía con una lucha interior poco divulgada en vida. Cartas y escritos personales de Hannah revelan décadas de duda recurrente sobre su propia fe, llegando a dudar de la existencia de Dios en algunos períodos, un contraste que biógrafas posteriores señalaron entre la serenidad que predicaba en público y la inestabilidad espiritual que enfrentaba en privado.
En las décadas siguientes, se involucró también en la causa antialcohólica, ayudando a fundar la Unión Cristiana de Templanza de la Mujer, y defendió el voto femenino. Al mismo tiempo, sus escritos posteriores pasaron a rechazar la doctrina del castigo eterno, acercándose al universalismo cristiano, posición que muchos evangélicos de su época consideraron una desviación doctrinal seria.
Radicada en Inglaterra desde 1888, vivió sus últimos años cerca de Oxford, cuidando de sus nietos tras la muerte de su esposo en 1898. Murió en 1911, dejando un legado dividido entre el clásico devocional que aún forma a cristianos en la vida de fe y las controversias de su trayectoria personal y teológica.