<p>Toda persona ya ha enfrentado un problema que parecía más grande que cualquier solución a la vista, un “gigante” que paraliza con solo mirarlo, una voz que repite el mismo desafío todos los días hasta que el miedo se vuelve rutina.</p>
<p>Goliat era ese gigante en carne y hueso. Nacido en Gat, ciudad filistea, medía casi tres metros de altura y vestía una armadura de bronce que pesaba más de cincuenta kilos.</p>
<p>Se convirtió en el campeón del ejército filisteo, acampado en el valle de Elá contra Israel. Durante cuarenta días, de mañana y de tarde, avanzaba entre las líneas de batalla y repetía el mismo desafío: envíen a un hombre para luchar conmigo.</p>
<p>Ningún soldado israelita respondió. Ni siquiera el rey Saúl, el más alto entre su pueblo, tuvo el valor de aceptar. El miedo había vencido antes de que se diera cualquier golpe.</p>
<p>Entonces llegó David, un joven pastor que llevaba comida a sus hermanos en el campamento. Al oír el desafío, rechazó la armadura de Saúl y bajó al valle solo con un cayado, una honda y cinco piedras.</p>
<p>Goliat lo miró con desprecio. Un muchacho armado con pedazos de madera, contra un guerrero entrenado para matar. La distancia entre ambos parecía decirlo todo sobre quién vencería.</p>
<p>Una sola piedra golpeó su frente. El gigante cayó con el rostro en tierra, y David corrió, tomó la propia espada de Goliat y lo decapitó ante los dos ejércitos.</p>
<p>La caída de Goliat recuerda que el tamaño del problema nunca es la medida correcta de la batalla. Lo que decide no es la fuerza visible de quien ataca, sino en nombre de quién se avanza, y esa es una pregunta que sigue vigente hoy.</p>