Gladys Aylward era empleada doméstica en Londres, sin talento aparente para los idiomas, cuando sintió el llamado a ser misionera en China. La agencia que la entrenaba la despidió por la dificultad con el mandarín. Ella no se rindió: ahorró el poco dinero que tenía y decidió ir por su cuenta.
En 1930, embarcó sola en el tren Transiberiano rumbo a China, atravesando una región en conflicto entre Rusia y Japón. Fue detenida, escapó con la ayuda de desconocidos y completó el viaje por mar. En Yangcheng, comenzó a trabajar con la misionera más veterana Jeannie Lawson, hospedando arrieros en una posada y contando historias del evangelio durante las comidas.
La convivencia con Lawson no siempre fue fácil: las dos discrepaban sobre las tareas, y Gladys, terca, llegó a considerar dejar la misión. Permaneció, y tras la muerte de Lawson asumió sola la posada y el trabajo en la región.
El gobierno chino la nombró inspectora contra el vendado de los pies, práctica que mutilaba a niñas todavía pequeñas. Recorrió aldeas a pie, enfrentando resistencia y desconfianza, hasta ganarse la confianza de las familias. Después de apaciguar ella sola un motín en la prisión local, pasó a ser llamada Ai-weh-deh, la virtuosa. En 1936, se convirtió en ciudadana china.
En 1940, con el avance japonés amenazando la región, lideró a más de cien niños huérfanos en una travesía a pie de varios días por las montañas, herida y febril. Llegó a destino exhausta y nunca más recuperó la salud plena.
Años después, un libro y una película popularizaron su historia en todo el mundo, aunque a ella misma le incomodaban las invenciones de la versión cinematográfica, sobre todo un romance ficticio. Prefería ser recordada por lo que realmente vivió, no por el guion de Hollywood.
Se estableció en Taiwán en 1958 y fundó un nuevo hogar para niños huérfanos y abandonados, donde sirvió hasta morir, en 1970. Su vida muestra que la disposición importa más que las credenciales: ella decía que quizá no fuera la primera opción de Dios, solo la que estaba dispuesta.