Hijo de dueños de una posada en Gloucester, Inglaterra, George Whitefield no tenía cuna ni fortuna que anunciaran lo que llegaría a ser: el predicador más escuchado del siglo dieciocho, capaz de reunir multitudes a cielo abierto mucho antes de que existiera cualquier micrófono.
Nacido en 1714, estudió en la Crypt School y luego ingresó a Oxford, donde se unió al pequeño grupo devocional de Juan y Carlos Wesley, conocido como Holy Club. Allí comenzó a buscar, con disciplina, una fe que sentía todavía distante y formal.
El giro llegó hacia 1735, cuando leyó la obra de Henry Scougal sobre la vida de Dios en el alma humana, por indicación de Carlos Wesley. Whitefield describió la experiencia como un nuevo nacimiento, tema que marcaría toda su predicación desde entonces.
Ordenado diácono en 1736, predicó su primer sermón en la iglesia de Gloucester donde había sido bautizado. Pocos años después, en 1739, comenzó a predicar al aire libre a los mineros de Bristol, rompiendo con la costumbre de restringir la predicación a las paredes de un templo.
Esa decisión lo lanzó al centro del Gran Despertar, movimiento de renovación evangélica que atravesó Inglaterra y las colonias americanas. Cruzó el Atlántico trece veces y predicó, según estimaciones de historiadores, a millones de oyentes a lo largo de su vida.
En Georgia fundó, en 1740, el orfanato Bethesda, obra a la que dedicó gran parte de su energía y recursos. Fue también en ese contexto que cometió uno de sus mayores errores: pasó a defender públicamente la legalización de la esclavitud en la colonia, convencido de que eso sostendría financieramente al orfanato, y llegó él mismo a poseer personas esclavizadas, en contradicción con el evangelio que predicaba.
Mantuvo una amistad duradera con Benjamin Franklin, quien admiraba su oratoria sin compartir su fe, y vivió profundas divergencias teológicas con Juan Wesley sobre la predestinación, sin que eso rompiera del todo el afecto entre los dos antiguos compañeros de Oxford.
Murió en 1770, en Newburyport, en el actual estado de Massachusetts, un día después de predicar al aire libre por última vez. Su vida marcó el nacimiento del avivamiento evangélico transatlántico que, con sus luces y sombras, todavía hoy inspira la predicación pública y la evangelización de multitudes.