A los veintiún años, un joven inglés criado en reuniones metodistas cerca de Birmingham ya predicaba varias veces por semana. En 1771, escuchó el llamado de John Wesley por voluntarios para las colonias americanas y se ofreció, sin saber que jamás volvería a Inglaterra.
Francis Asbury nació el 20 de agosto de 1745, en Hamstead Bridge, Staffordshire. Hijo de un jardinero, creció junto a una madre que buscó una vida espiritual más profunda tras la muerte de una hija pequeña, y así conoció los himnos y las oraciones del metodismo naciente.
Al desembarcar en Filadelfia en octubre de 1771, encontró poco más de trescientos metodistas dispersos por las trece colonias. Se negó a fijar residencia: pasó los cuarenta y cinco años siguientes a caballo, cruzando los montes Apalaches decenas de veces, predicando y organizando iglesias en regiones de frontera.
En la Conferencia de Navidad, en Baltimore, a fines de 1784, los propios predicadores americanos lo eligieron superintendente junto a Thomas Coke. Asbury insistió en ser elegido por sus colegas, no solo designado a distancia por Wesley, un gesto que reflejaba el espíritu de la joven república. Pronto el título de obispo, que Wesley desaprobaba, se afirmó entre los metodistas americanos.
Su liderazgo tuvo un lado difícil: en 1784, bajo su presidencia, la Conferencia aprobó normas contra la posesión de esclavos entre los metodistas, pero, ante la caída de adhesiones en el Sur, la norma fue suspendida meses después. Asbury prefirió el crecimiento de la iglesia a la firmeza en la causa de la emancipación, una decisión hoy reconocida como una falta de coraje frente a una injusticia que él mismo había llamado un mal.
Nunca se casó. Consideraba que la vida familiar era incompatible con la itinerancia que exigía a los predicadores metodistas, y vivía la misma entrega que exigía de los demás. Ordenó a cientos de predicadores y ayudó a fundar el Cokesbury College, la primera facultad metodista de los Estados Unidos.
Murió el 31 de marzo de 1816, en Spotsylvania, Virginia, pocos días después de predicar su último sermón en Richmond. Dejó una iglesia de más de doscientos mil miembros, construida sobre una estructura de circuitos que le sobreviviría por generaciones.
El modelo de predicador itinerante, enviado continuamente a nuevas fronteras sin parroquia fija, que Asbury consolidó en los Estados Unidos, se convirtió en referencia para el movimiento misionero protestante que se extendería por el mundo en el siglo siguiente.