Casi todo el mundo ha conocido a alguien que prefiere perderlo todo antes que admitir que está equivocado. La persona ve las evidencias acumularse, siente la presión aumentar, y aun así algo dentro de ella se cierra un poco más con cada nueva prueba. Es ese tipo de corazón el que la Biblia retrata en el faraón del Éxodo.
El texto sagrado no registra su nombre propio: es solo “el faraón”, el título del mayor trono del mundo antiguo. Gobierna Egipto cuando Moisés y Aarón llegan al palacio con un pedido de Dios: que dejara ir a Israel a adorar al Señor en el desierto (Éxodo 5:1).
La respuesta llega en forma de negativa inmediata. Faraón no solo niega el pedido, sino que intensifica la opresión, exigiendo a los hebreos la misma cantidad de ladrillos sin proporcionarles la paja necesaria (Éxodo 5:6-9). El enfrentamiento queda armado.
Siguen diez plagas, cada una golpeando un aspecto de la vida y la religión egipcia: el Nilo convertido en sangre, ranas, langostas, tinieblas sobre la tierra. En cada plaga, Faraón llega a pedir alivio y prometer libertad, pero, en cuanto el dolor cesa, su corazón vuelve a endurecerse (Éxodo 8:8,15).
La décima plaga es diferente: el propio hijo primogénito de Faraón muere. Solo entonces libera a Israel (Éxodo 12:29-32). El cambio, sin embargo, dura poco: reúne carros y jinetes y persigue a los israelitas hasta la orilla del mar Rojo (Éxodo 14:5-9).
Allí, las aguas que se habían abierto para Israel se cierran sobre el ejército egipcio, y no queda nadie (Éxodo 14:28). El rey más poderoso de la tierra no logra detener la decisión de Dios de liberar a su pueblo.
La historia de Faraón funciona como un espejo incómodo. Muestra que el poder, la riqueza y la certeza no bastan ante Dios, y que un corazón puede oír la verdad repetidas veces y, aun así, elegir no cambiar. La pregunta que deja no es sobre el antiguo Egipto, sino sobre cuántas advertencias nuestro propio corazón ya ha preferido ignorar.