Pocos teólogos discutieron tanto sobre cómo sabemos lo que sabemos como Cornelius Van Til. Hijo de agricultores holandeses, cruzó el océano siendo aún niño y pasó la vida preguntándose si la razón humana puede, en verdad, sostenerse en pie sin Dios. La pregunta marcó cada clase que impartió.
Nacido en 1895 en Grootegast, Holanda, Van Til tenía diez años cuando su familia emigró a Indiana, en Estados Unidos. Fue el primero de los hermanos en cursar estudios superiores, graduándose en el Calvin College en 1922 y continuando después en el Princeton Theological Seminary.
En Princeton concluyó la maestría en teología en 1925, año en que también se casó con Rena Klooster, compañera de infancia; el doctorado en filosofía llegaría en 1927. El matrimonio duraría 53 años, hasta la muerte de ella, en 1978.
Cuando el liberalismo teológico avanzó sobre el Princeton Theological Seminary, Van Til se unió a J. Gresham Machen y a otros profesores en la fundación del Westminster Theological Seminary, en 1929, en Filadelfia. Allí enseñaría apologética y teología sistemática por más de cuatro décadas.
Van Til sostenía que no existe terreno neutral entre creyentes e incrédulos: toda persona ya parte de presupuestos sobre Dios, el mundo y el conocimiento. A ese método le dio el nombre de apologética presuposicional, hoy asociada a su nombre en cualquier manual de teología reformada.
Su defensa de la fe no siempre fue conciliadora. Las duras críticas que hizo a la teología de Karl Barth y el largo enfrentamiento con su colega Gordon Clark sobre la incomprensibilidad de Dios dividieron a la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa. Para el teólogo John Frame, discípulo de Van Til, ninguno de los dos lados estuvo en su mejor momento en aquella disputa.
Van Til se retiró de la enseñanza regular en 1972, pero continuó dictando clases ocasionalmente hasta 1979. Murió en 1987, en Filadelfia, pocos días antes de cumplir 92 años. Dejó decenas de libros y cientos de artículos, reunidos hoy en ediciones que siguen formando a pastores y apologistas reformados.
Su convicción de que toda predicación del evangelio ya presupone la verdad de Dios sigue orientando a quienes hoy anuncian la fe a pueblos y culturas con visiones de mundo muy diferentes. Van Til recordaba que el evangelio no pide permiso a la razón humana: la confronta y la transforma.