Pocos predicadores han marcado tantas vidas como Charles Spurgeon. Sus palabras, impresas semana tras semana durante décadas, todavía alcanzan a lectores en portugués, inglés y muchos otros idiomas, mucho después de su muerte.
Nacido en Kelvedon, Inglaterra, en 1834, creció en el hogar de abuelos y padres vinculados a iglesias congregacionales. Sin formación teológica formal, tuvo en la lectura constante de la Biblia su principal escuela, una marca que llevaría por el resto de su vida.
A los 15 años, una nevada le impidió llegar a la iglesia planeada y lo llevó a una pequeña capilla metodista primitiva. Allí, un predicador laico habló sobre Isaías 45:22, y Spurgeon describió aquel momento como el instante en que encontró la fe en Cristo.
Todavía adolescente, se convirtió en pastor en Waterbeach; a los 19 años, fue llamado a la New Park Street Chapel, en Londres. La congregación creció tan rápido que necesitó un templo más grande, el Metropolitan Tabernacle, inaugurado en 1861, donde predicó por casi cuatro décadas.
En 1856, una falsa alarma de incendio durante un culto repleto provocó una estampida fatal, con siete muertos. Spurgeon nunca se recuperó del todo de aquel golpe y relató, durante años, tristeza súbita y un quebranto profundo que hoy se reconocería como depresión.
Fundó el Pastors’ College, para formar predicadores sin recursos para cursar estudios universitarios, y el Orfanato de Stockwell, para niños sin familia. Sus sermones, publicados cada semana, fueron reunidos en decenas de volúmenes, uno de los mayores acervos jamás publicados por un solo predicador cristiano.
En su vida personal, tenía el hábito de fumar puros y defendía esa libertad delante de Dios incluso ante las críticas de otros cristianos de la época, que veían la costumbre como impropia para un pastor. El episodio, hecho público después de una respuesta suya a un predicador visitante, muestra a un hombre de convicciones firmes, no siempre cómodas para quienes esperan de él solo un ejemplo perfecto.
En sus últimos años, se involucró en la llamada controversia Down Grade, advirtiendo contra lo que veía como el abandono de doctrinas centrales dentro de su propia denominación bautista. La disputa dividió opiniones incluso entre bautistas, dejó a Spurgeon aislado de parte de la denominación que había ayudado a construir, y el desgaste, sumado a problemas crónicos de salud, como gota y enfermedad renal, contribuyó al declive físico que lo llevaría a la muerte.
Spurgeon murió en Menton, Francia, en 1892, adonde había ido buscando recuperar la salud. Su insistencia en predicar a Cristo con sencillez y transformar el lenguaje bíblico en vida cotidiana sigue inspirando a predicadores y lectores alrededor del mundo.