Existe un temor común entre quienes trabajan con las manos: ¿tendrá algún valor ante Dios el talento para dibujar, construir o crear, comparado con el llamado de un predicador o de un misionero? La historia de Bezalel responde que sí, y de una manera sorprendente.
Bezalel era hijo de Uri y nieto de Hur, de la tribu de Judá. Poco se sabe de su vida antes del episodio que lo hizo conocido: el pueblo de Israel, recién salido de Egipto, necesitaba construir el tabernáculo, la tienda donde Dios habitaría en medio del campamento.
En el Sinaí, Dios le dijo a Moisés que había elegido a Bezalel y lo había llenado de su Espíritu, dándole sabiduría, habilidad y pleno conocimiento artístico para diseñar y ejecutar trabajos en oro, plata, bronce, piedra y madera (Éxodo 31:1-3). A su lado fue puesto Aholiab, de la tribu de Dan, como compañero de obra (Éxodo 31:6).
Juntos, los dos dirigieron un equipo de artesanos que transformó oro, plata, bronce, madera y telas preciosas, donados por el propio pueblo, en el arca del pacto, en el candelabro, en la mesa de los panes, en los altares y en las vestiduras sacerdotales (Éxodo 36 al 39). Cada pieza seguía, en detalle, el proyecto que Dios mismo había revelado a Moisés en el monte.
Cuando todo estuvo listo, Moisés examinó la obra y vio que había sido hecha exactamente como el Señor había ordenado (Éxodo 39:43). No había espacio para la improvisación: la fidelidad de Bezalel se medía por la precisión con que siguió instrucciones que no eran suyas.
La vida de Bezalel enseña que el Espíritu de Dios no capacita solo para profetizar o predicar. También llena de habilidad a quien diseña, esculpe, cose y construye. El trabajo excelente, hecho con las manos y ofrecido para un propósito mayor que el propio nombre, es también adoración.