Casi todos hemos vivido el dilema de decidir si confiar en una persona con un pasado difícil, alguien que cambió, pero a quien los demás todavía miran con desconfianza. Fue exactamente ese riesgo el que Bernabé asumió más de una vez en su vida, y cada una de esas decisiones cambió el rumbo de la iglesia.
Se llamaba José, un levita nacido en Chipre. Los apóstoles lo apodaron Bernabé, que significa hijo de consuelo, porque así era como él actuaba: vendió un campo y entregó todo el dinero a la comunidad de Jerusalén, sin reservar nada para sí (Hechos 4:36-37).
Cuando Saulo, el antiguo perseguidor de la iglesia, llegó a Jerusalén ya convertido, los discípulos le tenían miedo. Fue Bernabé quien se puso de su lado, lo presentó a los apóstoles y contó cómo Dios le había hablado en el camino a Damasco (Hechos 9:26-27).
Años después, la iglesia de Jerusalén envió a Bernabé a Antioquía, donde los gentiles se estaban convirtiendo en gran número. Lucas describe su carácter en una frase sencilla: era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe (Hechos 11:24). Fue él quien fue a buscar a Saulo a Tarso para servir juntos en aquel trabajo (Hechos 11:25-26).
Bernabé y Pablo partieron juntos en el primer viaje misionero, separados por el Espíritu Santo (Hechos 13:2-3), y pasaron por Chipre y por ciudades de la actual Turquía. En Listra, la gente los confundió con dioses, llamando a Bernabé Zeus (Hechos 14:12), señal de cuánto impresionaba su presencia.
Pero la generosidad de Bernabé también tuvo su precio. Antes de un nuevo viaje, él y Pablo discreparon con tanta firmeza sobre llevar a Juan Marcos que se separaron, cada uno siguiendo con un nuevo compañero (Hechos 15:36-39). Y, según el propio Pablo, en Antioquía, Bernabé llegó a dejarse arrastrar por la hipocresía de Pedro respecto a comer con los gentiles (Gálatas 2:13).
La vida de Bernabé muestra que dar una segunda oportunidad a alguien puede costar reputación y amistades, pero también puede abrir puertas que nadie más habría abierto. Sin él, tal vez la iglesia nunca habría confiado en Pablo, ni enviado a los dos primeros misioneros al mundo gentil.