¿Quién nunca ha recibido una propuesta demasiado buena para rechazar, aun sabiendo que aceptarla significaba ir contra lo que era correcto? Esa es la tensión que atraviesa toda la historia de Balán: un hombre que conocía la voz de Dios, pero dejó que el dinero hablara más fuerte.
Balán vivía en Petor, en Mesopotamia, y era conocido como vidente, un profeta que otras naciones contrataban para bendiciones y maldiciones. Cuando Israel, saliendo de Egipto, acampó cerca de Moab, el rey Balac se aterrorizó y mandó llamar a Balán para maldecir al pueblo.
Balán consultó al Señor y recibió una respuesta clara: no debía maldecir a Israel, porque ese pueblo ya era bendito. Aun así, cuando Balac envió mensajeros más importantes con más dinero, Balán pidió consultar a Dios otra vez, como si la respuesta pudiera cambiar.
En el camino, un ángel del Señor bloqueó su paso, invisible para él, pero visible para su burra. Dios abrió la boca del animal, que reprendió al propio profeta, una señal de que hasta una burra veía más claro que aquel hombre cegado por la ambición.
Ante Balac, Balán abrió la boca para maldecir y solo logró bendecir. Por cuatro veces, profetizó a favor de Israel, incluido el anuncio de una estrella que saldría de Jacob, una profecía que apuntaba, a la distancia, al Rey que aún vendría.
Sin conseguir la maldición, Balán encontró otro camino para el mismo objetivo: aconsejó a Balac atraer a Israel hacia la idolatría y la inmoralidad en Baal Peor. El plan funcionó por un tiempo y trajo juicio sobre el pueblo, hasta que Balán murió en la guerra contra Madián.
La Biblia recuerda a Balán como advertencia: es posible conocer la verdad y, aun así, ser dominado por la codicia. Pedro, Judas y Apocalipsis lo citan como ejemplo de quien usa un don espiritual para lucro propio, no para servir a Dios.
La historia también consuela: ninguna maldición humana deshace lo que Dios ha decidido bendecir. Si hoy alguien se siente rodeado de oposición, el mismo Dios que convirtió la boca de Balán en bendición sigue guardando a los suyos, incluso cuando el ataque viene de dentro.