Todos hemos sentido la tentación de resolver una crisis confiando en lo que se ve: dinero, ejército, alianzas, en lugar de esperar una promesa que no se ve. Acaz, rey de Judá, vivió esa tentación a escala nacional, con un ejército extranjero a las puertas de Jerusalén y un profeta que le ofrecía una señal que él prefirió rechazar.
Acaz subió al trono siendo aún joven, hijo del rey Jotam y nieto de Uzías, en una época en que Judá vivía bajo amenaza. A diferencia de su antepasado David, no hizo lo que era recto ante los ojos del Señor (2 Reyes 16:1-3).
Al comienzo de su reinado, Judá fue cercada por una alianza entre Israel y Siria, que querían forzar al rey a unirse a ellos contra Asiria. El corazón de Acaz y del pueblo tembló como los árboles de un bosque agitados por el viento (Isaías 7:1-2).
El profeta Isaías fue al encuentro del rey y lo invitó a pedir cualquier señal al Señor, de lo alto del cielo o de las profundidades de la tierra, para confirmar que Judá sería librada. Acaz se negó, escondiendo su incredulidad bajo una apariencia de piedad, diciendo solo que no pediría ni pondría al Señor a prueba (Isaías 7:10-12).
Dios dio la señal aun sin haber sido pedida: una virgen concebiría un hijo llamado Emanuel, Dios con nosotros (Isaías 7:14). Pero Acaz ya había elegido otro camino, enviando plata y oro del templo y del palacio al rey de Asiria, comprando un socorro humano en lugar de confiar en la palabra divina (2 Reyes 16:7-9).
Esa ayuda salió cara. Después de visitar Damasco, Acaz mandó copiar un altar pagano que vio allí y lo instaló en el templo de Jerusalén, mezclando la adoración al Señor con ritos extranjeros (2 Reyes 16:10-16). Llegó a quemar a sus propios hijos en sacrificio a otros dioses y, finalmente, cerró las puertas del templo (2 Crónicas 28:3,24).
Mientras tanto, Judá sufría derrotas humillantes ante Israel, Siria, Edom y los filisteos (2 Crónicas 28:5-8,17-18). Acaz murió sin el honor dado a los demás reyes de Judá, sepultado fuera de las tumbas reales (2 Crónicas 28:27), dejando a su hijo Ezequías la tarea de deshacer el daño.
La historia de Acaz es un espejo incómodo: también nosotros cambiamos, con frecuencia, la promesa que no vemos por soluciones que parecen más seguras solo porque están a la mano. Nos recuerda que confiar en el Señor, aun sin pruebas visibles, sigue siendo una invitación abierta, incluso para quienes ya han decidido rechazarla.