Judá fue el cuarto hijo de Jacob y Lea, y dio su nombre a la mayor tribu de Israel. Su territorio, en el sur de la tierra prometida, incluía ciudades como Belén, Hebrón y la propia Jerusalén.
Después de la muerte de Salomón, diez tribus se separaron y solo Judá, junto con Benjamín, permaneció fiel a la dinastía de David. Así nació el reino de Judá, que sobrevivió unos 135 años más que el reino del norte.
Fue en Judá donde David reinó por primera vez, en Hebrón, antes de unir a todo Israel bajo su gobierno. De Judá también surgieron reyes recordados por su fidelidad, como Ezequías y Josías, y reyes que se alejaron de Dios y llevaron al pueblo al exilio.
La caída de Jerusalén, en 586 a. C., puso fin al reino, pero no a la promesa. Los profetas siguieron anunciando a un gobernante que saldría de Judá, del linaje de David, y que siglos después nacería en Belén, en esa misma tierra.
Judá es, por eso, más que un territorio: es el escenario de la fidelidad de Dios a una promesa antigua, cumplida en Jesús, llamado en el Apocalipsis “el León de la tribu de Judá” (Apocalipsis 5:5).
