Jope, la actual Jaffa, era el puerto natural más importante de la costa de Israel en la antigüedad. Estaba a unos 55 kilómetros de Jerusalén y servía de puerta de entrada para quienes llegaban por mar.
Fue por Jope que pasó la madera de cedro del Líbano usada en la construcción del templo de Salomón, y después en la reconstrucción del templo tras el exilio babilónico.
En el libro de Jonás, fue desde allí que el profeta embarcó intentando huir de la orden de Dios de predicar en Nínive, en un intento vano de escapar del llamado divino.
En el Nuevo Testamento, Jope gana un nuevo protagonismo. Pedro resucitó allí a la discípula Tabita, conocida por su bondad y cuidado con los pobres.
Alojado en la casa de Simón el curtidor, Pedro tuvo en la terraza la visión del lienzo con animales impuros, y allí entendió que el evangelio también era para los gentiles.
Así, un pequeño puerto marcado por una huida se convirtió también en el lugar donde Dios enseñó a su iglesia a no cerrar puertas que él mismo ya había abierto.
