Salmos es el himnario y el libro de oraciones del pueblo de Dios. En él están los sentimientos humanos más profundos, desde el júbilo más contagioso hasta el lamento más doloroso, todos dirigidos directamente al Señor.
Son 150 poemas reunidos a lo largo de más de mil años. David escribió buena parte de ellos, pero Moisés, Asaf, los hijos de Coré y otros autores también contribuyeron.
El libro está dividido en cinco partes menores, cada una terminando con una breve palabra de alabanza a Dios. Esta organización recuerda, de lejos, los cinco libros de la ley de Moisés.
David es el nombre más asociado al libro. Su vida de pastor, guerrero, rey, pecador y penitente aparece reflejada en muchos salmos, especialmente los que nacen del peligro o de la culpa.
Los salmos no esconden el dolor. Hay oraciones que le preguntan a Dios hasta cuándo durará el sufrimiento, y clamores que suenan casi como desesperación. Esta honestidad es una invitación a llevar a Dios cualquier emoción, sin necesidad de suavizar lo que se siente antes de orar.
Al mismo tiempo, el libro celebra la grandeza de Dios como Creador, Rey y Pastor. La creación, la historia de Israel y la ley del Señor reciben himnos de gratitud y asombro.
Varios salmos miran más allá de su propio tiempo y anuncian a un rey ungido que reinaría para siempre. El Nuevo Testamento reconoce estas palabras cumplidas en Jesucristo.
Usado en la adoración del templo en Israel y aún hoy en iglesias y devocionales personales, Salmos enseña dos cosas raras de aprender juntas: orar con sinceridad y alabar con alegría.
Que la lectura de estos poemas antiguos preste palabras nuevas a tu propia conversación con Dios.