Casi todos hemos vivido esto: un desacuerdo con alguien del mismo lado, de la misma iglesia, del mismo equipo, que duele más precisamente por eso. Síntique lleva ese tipo de historia.
La Biblia la presenta en una única frase, en la despedida de la carta de Pablo a los filipenses. Ella y Evodia habían trabajado codo a codo con el apóstol en la iglesia que él había fundado en Filipos, la primera de Europa.
Pero algo se rompió entre las dos. Pablo no detalla el motivo, solo registra el pedido urgente: “Ruego a Evodia y a Síntique que se pongan de acuerdo en el Señor” (Filipenses 4:2). Un apóstol preso en Roma interrumpe la carta para tratar ese conflicto.
El tono no es de reproche duro. Pablo le pide a un compañero de confianza que ayude a las dos a reconciliarse, y recuerda que ambas “lucharon” a su lado, junto con Clemente y otros colaboradores, “cuyos nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4:3).
El conflicto no borra el valor del trabajo que Síntique ya había hecho por el evangelio. No se la recuerda por un pecado grave ni por un milagro, sino por una riña común, del tipo que cualquier iglesia conoce.
Esto dice algo de Dios: le importa la unidad entre personas que ya sirven fielmente juntas, no solo con quienes están fuera de la fe. Y dice algo de nosotros: servir bien al evangelio no vuelve a nadie inmune a los desacuerdos con quien tiene más cerca.
La historia de Síntique termina sin un final registrado. No sabemos si ella y Evodia se reconciliaron. Lo que queda es la invitación: la armonía en el Señor no ocurre sola, exige un pedido directo y alguien dispuesto a ayudar.