Jonathan Goforth nació en 1859 en una granja cerca de Thorndale, en el interior de Ontario, Canadá, séptimo de once hermanos. Todavía joven, escuchó al misionero George Leslie Mackay hablar sobre el pueblo de Formosa y decidió que dedicaría su vida a las misiones en China.
Se graduó en el Knox College, en Toronto, y en 1887 se casó con Rosalind Bell-Smith, a quien años antes ya le había preguntado si aceptaría unir su vida a la suya para servir en China. Juntos partieron en 1888 para abrir la misión presbiteriana canadiense en el norte de Honan.
Los primeros años en China estuvieron marcados por el sufrimiento. El matrimonio tuvo once hijos, pero perdió a cinco todavía pequeños, víctimas de enfermedades y accidentes. En 1900, durante la Rebelión de los Bóxers, huyeron por largas distancias y Goforth fue herido a golpes de espada antes de escapar con vida.
Pasada la crisis, Goforth siguió predicando en el norte de China, pero crecía en él una inquietud. La lectura sobre el avivamiento galés y los escritos del predicador Charles Finney lo llevaron a buscar, con mayor seriedad, lo que llamaba las condiciones espirituales del avivamiento.
En 1907 fue testigo cercano del avivamiento coreano y, al regresar a China al año siguiente, sus predicaciones en Manchuria dieron inicio a un movimiento de conversiones que se extendió por varios años y ganó repercusión internacional, el llamado avivamiento de Manchuria.
De ahí en adelante, dejó de ser un misionero fijo para convertirse en un evangelista itinerante, recorriendo ciudades chinas en campañas de predicación. Fue admirado por muchos, pero también criticado por algunos colegas misioneros, que veían en sus métodos un apelo emocional excesivo y un enfoque muy centrado en la predicación sobre el infierno y el juicio.
Registró esta experiencia en el libro By My Spirit, publicado en 1929, y más tarde en Miracle Lives of China, escrito junto con Rosalind. Permaneció en China y después en Manchuria hasta 1934, cuando la ceguera, ya avanzada, lo obligó a volver a Canadá.
Murió en 1936, pocas horas después de predicar por última vez. Su insistencia en que el avivamiento nace de la oración y no de la estrategia humana sigue siendo recordada como un llamado sobrio para cualquier generación que desee ver a la iglesia renovada.