Pueblo no alcanzado Frontera
Los maliar son un pueblo pastún de vocación agrícola, cuyo propio nombre remite al oficio de jardinero y cultivador de huertos ejercido por sus antepasados. Viven principalmente en la meseta de Potohar, en Punjab, y en el valle de Peshawar, en Pakistán, regiones donde la tierra siempre fue la base del sustento y de la identidad familiar.
A lo largo de las generaciones, el trabajo en el campo moldeó el carácter del pueblo: paciente con la tierra, apegado a la tradición y fiel al código de honor pastún. Hoy, entre sequías, suelos desgastados y la búsqueda de una vida mejor, parte de los maliar dejó el campo por las ciudades pakistaníes, y un pequeño número llegó a establecerse en Inglaterra, sin dejar de lado los lazos con la tierra y el pueblo de origen.
Según la tradición del pueblo, los maliar descienden de un antepasado llamado Mahbub, que habría acompañado a un sultán venido de Asia Central en una expedición a la India, hace cerca de mil años, y recibido de él la jardinería como oficio. De ese encuentro nació la vocación agrícola que pasó a distinguir a los maliar de otros grupos de la región, aunque no haya consenso sobre el origen étnico exacto de ese antepasado.
Establecidos desde hace generaciones en la meseta de Potohar y en el valle de Peshawar, los maliar históricamente quedaron al margen de posiciones de prestigio social y militar reservadas a otros linajes, lo que reforzó el apego del pueblo a la tierra y al propio oficio como fuente de identidad y sustento.
| País | Porción del pueblo | Población |
|---|---|---|
Pakistán No alcanzado
|
100%
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204.000 |
El nombre maliar viene del oficio de jardinero y horticultor, heredado de generaciones que se dedicaron al cultivo de huertos y huertas en las tierras de la meseta de Potohar y del valle de Peshawar. Muchos aún viven de la labranza, cultivando pequeñas propiedades familiares, mientras otros migraron a las ciudades pakistaníes, donde trabajan como vendedores ambulantes en busca de una vida menos sujeta a las incertidumbres del campo.
La vida sigue el código pashtunwali, que rige el honor, la hospitalidad y la resolución de conflictos dentro de la comunidad. La familia extensa y el respeto a los mayores organizan el día a día, y la tierra, aunque escasa, sigue siendo motivo de orgullo y de identidad para quien lleva el nombre del oficio de sus antepasados.
Los maliar siguen el islam sunita con firmeza, como casi la totalidad de los pastunes. La fe islámica está entrelazada con el propio nombre del pueblo y con el código de honor pashtunwali que rige la vida en comunidad, de modo que ser maliar y ser musulmán se vuelven, en la práctica, la misma cosa. La oración diaria, el ayuno del Ramadán y la peregrinación a La Meca marcan el calendario familiar y comunitario.
Esta fusión entre religión e identidad étnica hace que cualquier mensaje que suene ajeno al islam sea recibido con resistencia, no solo como una cuestión de creencia personal, sino como algo que amenaza la pertenencia a la familia y al pueblo.
El pastún, lengua del corazón de los maliar, tiene traducción completa de la Biblia desde hace más de un siglo, revisada y actualizada a lo largo del tiempo, con ediciones más recientes preparadas en dialectos hablados en Pakistán. Aun así, el texto escrito llega poco a las familias maliar, marcadas por bajos índices de alfabetización y por una cotidianidad oral, en la que historias y enseñanzas circulan de boca en boca, no por la lectura.
Entre los maliar, ser pastún es ser musulmán, y esa identidad se sobrepone a cualquier otra lealtad. La pobreza, el bajo acceso a la educación formal y décadas de inestabilidad política refuerzan la desconfianza hacia cualquier mensaje que parezca ajeno a la tradición islámica. Escuchar y responder al evangelio, incluso cuando alguien está dispuesto a hacerlo, significa arriesgar su lugar en la familia y en la comunidad.
El desgaste del suelo, la deforestación y el pastoreo excesivo han vuelto la tierra cada vez más vulnerable a las inundaciones y menos fértil, amenazando el sustento de quienes dependen de la labranza desde hace generaciones. Muchos maliar que migraron a las ciudades enfrentan la pobreza urbana con pocas perspectivas de mejora, y la comunidad carece de acceso a formación, técnicas agrícolas renovadas y cuidado que alcance tanto el cuerpo como el alma. Faltan también, entre los maliar, recursos cristianos disponibles en su propia lengua y en el dialecto que hablan en casa.
Intercede por este pueblo junto con cristianos de todo el mundo.
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