¿Cuántas veces la fe se reduce a un hábito familiar, repetido sin convicción personal? Søren Kierkegaard vivió incómodo con esa pregunta. Hijo de un comerciante rico y atormentado por la culpa, creció en Copenhague bajo un peso de melancolía heredado de su padre, quien decía haber maldecido a Dios cuando era joven.
Nacido en 1813, Kierkegaard estudió teología en la Universidad de Copenhague y defendió, en 1841, la disertación Sobre el concepto de ironía. Ese mismo año rompió su compromiso con Regine Olsen, decisión que interpretó como un sacrificio exigido por su vocación de escritor. Sin embargo, sus biógrafos registran que la ruptura implicó cartas frías y calculadas y una pose deliberada de libertino, estrategia que él mismo describió como una forma de engaño para alejarla, episodio que revela un lado más controvertido de su personalidad.
A partir de 1843 publicó, bajo diversos seudónimos, una secuencia intensa de libros: O lo uno o lo otro, Temor y temblor, Migajas filosóficas, El concepto de la angustia. En Temor y temblor, meditó sobre Abraham dispuesto a sacrificar a Isaac para describir lo que llamó el salto de fe, más allá de todo cálculo racional.
Kierkegaard tampoco fue un blanco pasivo de los conflictos que vivió. En 1846, después de publicar un artículo sarcástico contra el crítico Peder Ludvig Møller y desafiar públicamente al periódico satírico El Corsario a ridiculizarlo, se convirtió en objeto de meses de caricaturas y burlas sobre su apariencia y sus hábitos. El episodio, que él mismo ayudó a provocar, profundizó su aislamiento y su desconfianza hacia la opinión de las multitudes, tema que atravesó toda su obra final.
En sus últimos años, publicó La desesperación humana y Ejercitación del cristianismo, y lanzó una campaña de artículos conocida como Ataque al cristianismo establecido. En ella, acusaba a la iglesia estatal luterana de Dinamarca de vender una cristiandad cómoda, en la que nacer danés bastaba para ser considerado cristiano, sin exigir una conversión real.
Colapsó en la calle a fines de septiembre de 1855 y fue internado en el Hospital Frederiks, en Copenhague, donde murió semanas después, el 11 de noviembre. Rechazó la comunión de un pastor ordenado, diciendo que prefería morir sin ella antes que recibirla de un clérigo al que veía como funcionario del Estado, y por dificultades prácticas terminó muriendo sin llegar a recibirla de un laico, coherente hasta el final con su crítica al clero como funcionario del Estado, no testigo vivo de la fe.
Su advertencia sigue vigente allí donde el cristianismo se convierte en hábito social o identidad cultural sin decisión personal. Kierkegaard recuerda que seguir a Cristo no es nacer en una nación cristiana, sino escoger, cada día, vivir la fe como un llamado individual y costoso delante de Dios.