Quien ha esperado toda la vida el cumplimiento de una promesa que parecía tardar demasiado entiende algo de la historia de Simeón. Él vivió décadas confiando en una palabra que Dios le había dado, sin fecha marcada, sin garantía visible, solo la certeza silenciosa de que valía la pena seguir esperando.
Simeón era un hombre justo y piadoso que vivía en Jerusalén, esperando lo que la Biblia llama la consolación de Israel: la llegada del Mesías prometido por los profetas. El Espíritu Santo estaba sobre él y le había revelado algo extraordinario: no moriría sin ver antes con sus propios ojos al Cristo del Señor.
Un día, movido por el Espíritu, Simeón fue al templo. Fue exactamente cuando José y María llegaron llevando al niño Jesús, para cumplir lo que la ley exigía de los primogénitos. Nada en el bebé indicaba realeza: era un recién nacido pobre, hijo de campesinos, envuelto como cualquier otro niño.
Pero Simeón reconoció. Tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios, declarando que ahora podía partir en paz, porque sus ojos habían visto la salvación preparada para todos los pueblos, luz para los gentiles y gloria para Israel. Un anciano reconoció lo que sacerdotes y escribas no percibieron.
Después, Simeón se volvió hacia María y pronunció palabras que mezclaban bendición y dolor. Dijo que aquel niño causaría la caída y el levantamiento de muchos, sería señal de contradicción, revelaría pensamientos ocultos de muchos corazones. Y añadió algo que ninguna madre quiere escuchar: una espada atravesaría su alma.
La Biblia no cuenta nada más sobre Simeón: no sabemos su edad exacta, quiénes eran sus padres, qué hizo después de aquel día en el templo. Toda su historia cabe en un único episodio, el día en que una espera de décadas finalmente llegó a su fin.
Pero ese único día basta para mostrar algo sobre Dios: él cumple lo que promete, aunque el cumplimiento tarde toda una vida. Y muestra algo sobre nosotros: la fe que persevera en lo cotidiano, en la rutina del templo, es la misma fe capaz de reconocer la salvación cuando finalmente llega, aunque venga envuelta de una forma demasiado sencilla.