Casi todo cristiano ha sentido alguna vez la distancia entre la fe que profesa y la vida que logra vivir, un abismo que humilla y hace dudar de si algún día será posible cerrarlo. La vida del chino Ni Tuosheng, conocido en Occidente como Watchman Nee, atravesó ese abismo de un modo dramático y público, sin dejar de terminar en fidelidad.
Nacido el 4 de noviembre de 1903 en Shantou, hijo de una familia vinculada a una misión metodista, Nee se convirtió a los diecisiete años, en abril de 1920, al escuchar a la evangelista Dora Yu, la misma que ya había llevado a su madre a Cristo. La misionera inglesa Margaret Barber se convirtió en su mentora y lo presentó a escritores de la tradición de los Hermanos de Plymouth, que marcarían su teología.
En 1922, todavía joven, comenzó reuniones en Fuzhou que dieron origen al movimiento conocido como Pequeño Rebaño o Iglesias Locales: comunidades sin clero fijo, organizadas por ciudad, en busca de una iglesia sencilla y china, libre de estructuras misioneras extranjeras. Escribió obras que circularían por el mundo, como “El hombre espiritual” (1928) y las conferencias que dieron origen a “La vida cristiana normal” (1938).
Pero Nee no fue solo aciertos. En 1942, involucrado en un negocio farmacéutico familiar y con denuncias de mala conducta comercial y moral, fue confrontado y apartado del liderazgo por los propios líderes de la iglesia de Shanghái; pasó años sin función ministerial pública hasta ser restaurado hacia 1948.
La Revolución Comunista trajo una prueba aún mayor. Detenido el 10 de abril de 1952 bajo acusaciones del régimen, fue juzgado y condenado a quince años en 1956; se negó, incluso bajo presión, a renunciar a su fe a cambio de la libertad. Murió en prisión, en Anhui, el 30 de mayo de 1972, dejando bajo la almohada una nota que confesaba a Cristo como Hijo de Dios resucitado.
La trayectoria de Nee no borra el error con el coraje final, ni borra el coraje final con el error: ambas cosas son verdaderas sobre la misma persona. Él muestra que la iglesia puede disciplinar con seriedad y, aun así, restaurar; y que una vida marcada por la caída puede terminar en testimonio fiel.
Hoy, sus libros siguen formando cristianos en decenas de idiomas, y su ejemplo pregunta al lector si su fe resistiría la prisión, el silencio y la pérdida de todo, tal como resistió la suya.