¿Quién no ha tenido un amigo que parecía entender más el propio corazón que la propia familia? Esa es la amistad que atraviesa los siglos en la historia de Jonatán, hijo del rey Saúl, un vínculo tan fuerte que la Biblia lo llama pacto.
Jonatán aparece por primera vez como un guerrero valiente, atacando solo, con únicamente su escudero, un destacamento filisteo en Micmás. Su confianza no estaba en el tamaño del ejército, sino en la certeza de que nada impide al Señor salvar, sea con muchos, sea con pocos.
Cuando David, el joven pastor que derribó a Goliat, llegó a la corte de Saúl, Jonatán se unió a él en espíritu e hizo un pacto de lealtad, entregándole su manto, su espada y su arco, símbolos de su propia posición de príncipe heredero.
Esa amistad costó caro. Mientras Saúl, dominado por los celos y el miedo, intentaba matar a David, Jonatán se puso entre los dos, defendiendo al amigo delante del propio padre y arriesgando su propia vida con una señal de flechas para avisarle del peligro.
Jonatán sabía que David, y no él, sería el próximo rey. Aun así, permaneció fiel a su padre hasta el final, muriendo junto a Saúl en la derrota frente a los filisteos, en el monte Guilboa. David lloró por él con uno de los lamentos más hermosos de la Biblia: su amistad era, para él, más preciosa que el amor de las mujeres.
La vida de Jonatán muestra que la amistad genuina no compite, cede el lugar. Él podía haber disputado el trono; eligió proteger a quien Dios ya había escogido. Esto le recuerda al lector de hoy que amar de verdad, a veces, significa renunciar al propio lugar para que el otro cumpla el llamado de Dios.