Pocas historias de misión suenan tan improbables como la de un escocés pobre que decide vivir entre pueblos que practicaban el canibalismo, sin promesa alguna de seguridad. John G. Paton eligió ese camino por la convicción de que nadie debía quedarse sin oír el evangelio, ni siquiera los más temidos.
Nacido en 1824 en Kirkmahoe, Escocia, creció en un hogar humilde y trabajó como misionero urbano en los barrios pobres de Glasgow antes de prepararse en teología y medicina. A los 33 años, ya ordenado, embarcó junto con su esposa Mary Ann Robson hacia la isla de Tana, en las Nuevas Hébridas, archipiélago hoy llamado Vanuatu.
La alegría duró poco. Meses después de la llegada, Mary Ann y el hijo recién nacido murieron de fiebre tropical, y Paton los enterró con sus propias manos. Solo, vivió años bajo amenaza constante de tribus en guerra, llegando incluso a huir de Tana en 1862, después de que otros misioneros de la región fueran asesinados.
No se rindió. Se casó de nuevo, con Margaret Whitecross, y en 1866 ambos se establecieron en la isla de Aniwa. Allí, cavar un pozo de agua dulce, algo que los habitantes consideraban imposible, sacudió la religión tradicional local y abrió camino para conversiones en masa.
Con el tiempo, redujo la lengua de Aniwa a la escritura y tradujo partes de las Escrituras, publicadas como Nuevo Testamento en 1899. Su autobiografía, organizada por su hermano James en 1889, narró esos años y se convirtió en lectura destacada en círculos misioneros por generaciones.
Paton también tuvo límites documentados. Defendió, en ciertos episodios, el bombardeo naval británico contra aldeas de Tana y la anexión de las Nuevas Hébridas por la corona británica, posiciones hoy reconocidas como paternalistas y ligadas al colonialismo europeo de su época. Historiadores también registran que actuó por cuenta propia en desacuerdo con el sínodo de la misión, como al recaudar fondos en Gran Bretaña para un barco a vapor en 1884 sin el aval de la dirección de la iglesia.
Pasó décadas viajando por Australia, Gran Bretaña, Canadá y Estados Unidos, recaudando fondos y movilizando a niños de escuelas dominicales para sostener el barco misionero Dayspring. Murió en 1907, en Melbourne, a los 82 años, habiendo visto islas enteras abandonar la guerra y el canibalismo por el evangelio.
Su vida recuerda que la fidelidad en lugares hostiles, aun con un costo personal alto y decisiones no siempre acertadas, puede abrir camino a transformaciones que trascienden una generación.