Pocos estudiantes brillantes cambian una carrera asegurada por una vida de fatiga, enfermedad y soledad. Henry Martyn hizo exactamente eso: el mejor matemático de su promoción en Cambridge decidió gastar los pocos años que le quedaban traduciendo la Biblia a lenguas que la mayoría de los ingleses de su época ni siquiera sabía que existían.
Nacido en Truro, Cornualles, el 18 de febrero de 1781, Martyn se graduó en Cambridge como Senior Wrangler, el primero de su promoción en matemáticas, en 1801. La predicación de Charles Simeon sobre el misionero William Carey y la lectura de la biografía de David Brainerd cambiaron el rumbo de su vida.
Ordenado en la Iglesia Anglicana, Martyn planeaba servir como misionero, pero un revés financiero en la familia lo obligó a aceptar la capellanía de la Compañía de las Indias Orientales. Embarcó hacia la India en julio de 1805 y, al llegar a Calcuta, escribió en su diario: “ahora, déjame arder por Dios”.
En las estaciones de Dinapore y Cawnpore, predicaba, abría escuelas y dedicaba horas agotadoras al estudio de lenguas. Con la ayuda de eruditos indios, produjo una traducción cuidadosa del Nuevo Testamento al urdu, concluida en 1808 y reconocida como la mejor de su época. Por la misma época, con la ayuda del controvertido Sabat, produjo una primera versión persa, pero quedó tan cargada de términos árabes eruditos que decidió rehacerla personalmente en Persia.
El trabajo tenía un alto costo. Enfermo de tuberculosis y físicamente agotado, Martyn se negó a bajar el ritmo. Antes de embarcar, se había enamorado de Lydia Grenfell y llegó a pedirle que lo acompañara a la India, pero ella no pudo aceptar, atada a obligaciones familiares. Los dos nunca volvieron a encontrarse, y Martyn mantuvo ese amor sin respuesta hasta el final de su vida, sin casarse nunca. Esa entrega sin límites lo llevó a Persia antes de que su cuerpo estuviera preparado para el viaje.
En Shiraz, debatió durante meses con musulmanes, judíos y sufíes mientras rehacía desde cero su traducción persa a partir del griego original, con la ayuda del erudito Mirza Sayyed Ali. Encontró tiempo incluso para soñar con una versión árabe, proyecto que la enfermedad no le dejaría comenzar. Ya enfermo, intentó entregar personalmente el texto revisado al sah Fatalí en Tabriz, pero no consiguió audiencia. La traducción solo llegó a manos del sah después, llevada por el embajador británico Gore Ouseley, quien recibió del sah una carta elogiando su claridad, cuando Martyn ya no vivía para saberlo.
Camino a Inglaterra, ya febril, atravesó Armenia rumbo a Constantinopla. La peste lo detuvo en Tocat, en la actual Turquía, donde murió el 16 de octubre de 1812, a los 31 años, sepultado por clérigos armenios lejos de casa y de Lydia.
Su traducción del Nuevo Testamento al persa permaneció en uso durante generaciones y ayudó a moldear un modelo de misión que respeta la lengua y la cultura del pueblo alcanzado. El lema que se le atribuye, “arder por Dios”, sigue siendo citado por misioneros que enfrentan campos difíciles y de corta expectativa de vida. Su historia también se recuerda como una advertencia: la misma disciplina implacable que produjo traducciones duraderas también lo llevó a ignorar repetidas advertencias médicas y a viajar enfermo hasta la muerte, a los 31 años, sin volver a encontrarse jamás con la mujer que amaba.