Pocos misioneros enfrentaron un llamado tan gélido como el de Hans Egede. Pastor de una parroquia modesta del norte de Noruega, pasó años madurando un plan que sonaba imposible: navegar hasta Groenlandia, tierra que la Europa cristiana ya prácticamente había olvidado.
Nacido en 1686, en Harstad, estudió teología en Copenhague y se convirtió en pastor de las islas Lofoten en 1707. Allí, leyendo antiguas crónicas nórdicas, descubrió que colonos cristianos se habían asentado en Groenlandia en la Edad Media y luego habían desaparecido, sin noticias durante casi tres siglos.
Convencido de que descendientes de esos colonos aún vivían en la isla, sin contacto con la fe, pasó años pidiendo apoyo al rey de Dinamarca-Noruega. Solo en 1721 partió de Bergen con su esposa, Gertrud Rask, y sus hijos, rumbo a un territorio que casi ningún europeo conocía de cerca.
Al llegar, no encontró a los descendientes nórdicos que buscaba, solo ruinas. En vez de desistir, volcó su atención hacia los inuit que ya habitaban la región, aprendiendo poco a poco su lengua y sus costumbres, un trabajo lento, sin Biblia traducida ni intérpretes confiables.
En 1728, con apoyo de una expedición real, la colonia que había fundado en Kangeq fue trasladada al lugar que se convertiría en Godthåb, hoy Nuuk, capital de Groenlandia. El contacto traído por los europeos tuvo, sin embargo, un costo real: entre 1733 y 1735, una epidemia de viruela llegada en barcos de suministro mató a miles de inuit.
La obra de evangelización también tuvo un lado más duro. Registros de la época muestran que Egede recurrió a amenazas y castigos para combatir las prácticas religiosas tradicionales de los inuit, sobre todo el papel de los chamanes, los angakkuit, un rasgo de intolerancia que hoy se interpreta como parte del proceso más amplio de colonización danesa de Groenlandia.
Su esposa, Gertrud, murió en diciembre de 1735, tras enfermar mientras cuidaba a los enfermos durante la epidemia. Egede volvió a Dinamarca al año siguiente, dejando la traducción y la catequesis a su hijo, Poul Egede. En Copenhague, fundó un seminario para formar nuevos misioneros y, en 1741, se convirtió en obispo titular de Groenlandia.
Su memoria divide opiniones: en 2020, habitantes de Nuuk debatieron públicamente la estatua erigida en su honor, símbolo tanto de la llegada del evangelio como del dominio colonial danés que la acompañó. Esta ambigüedad es parte legítima de su legado, no un detalle que ocultar.
Egede murió en 1758, en Dinamarca, después de dedicar décadas a un pueblo que no era el suyo, en una lengua que tuvo que aprender desde cero. Su insistencia en quedarse, a pesar de las pérdidas, todavía inspira a quienes hoy llevan el evangelio a lugares aislados y resistentes al cambio.