Pocas historias desafían tanto la lógica humana como la de un hombre que sostuvo a miles de niños huérfanos sin pedir jamás dinero a nadie, orando solo en secreto. George Müller vivió esa aparente locura como rutina, y su ejemplo sigue interpelando a quienes confunden la fe con el cálculo.
Nacido en 1805 en Kroppenstedt, Prusia, Müller tuvo una juventud turbulenta y alejada de la fe. Robaba a su propio padre, jugaba y bebía, y a los dieciséis años pasó semanas preso por deudas y deshonestidad, mucho antes de cualquier giro espiritual.
En 1825, siendo aún estudiante de teología en la Universidad de Halle, participó en una reunión de oración en casa de un comerciante cristiano y describió aquella noche como el punto de inflexión de su vida. A partir de entonces, abandonó su antiguo estilo de vida y se dedicó al ministerio cristiano.
Se estableció en Bristol, Inglaterra, en 1832, y dos años después fundó una institución para la educación cristiana, la distribución de Biblias y el apoyo a misioneros. En 1836 abrió la primera Casa de los Huérfanos, decidido a nunca solicitar donativos públicamente para sostener la obra.
La obra creció más allá de lo que cualquier cálculo humano preveía. Entre 1849 y 1870 levantó cinco grandes casas en Ashley Down, que llegaron a albergar a más de dos mil huérfanos al mismo tiempo, sostenidas solo por donaciones no solicitadas.
La vida dentro de los orfanatos era rígida, con rutina severa, disciplina estricta y poco tiempo de ocio, típica de las instituciones del siglo diecinueve. Algunos contemporáneos llegaron a criticar a Müller por educar a los huérfanos más allá de lo que juzgaban adecuado para su condición social.
Viudo de Mary Groves desde 1870, se casó al año siguiente con Susannah Grace Sanger y, ya con setenta años, inició diecisiete años de viajes misioneros. Predicó en cuarenta y dos países, recorriendo más de trescientos mil kilómetros junto a su esposa.
Murió en Bristol en 1898, un día después de dirigir una reunión de oración; su funeral reunió a diez mil personas. A lo largo de su vida, cuidó a más de diez mil niños huérfanos y dejó un legado que aún desafía a las iglesias a confiar en la provisión de Dios.