Pocas figuras del siglo 20 unieron la fe cristiana y la lucha por la justicia como Desmond Tutu. Arzobispo, predicador de risa fácil y crítico implacable de la injusticia, enfrentó uno de los regímenes más duros del mundo moderno sin empuñar jamás un arma.
Nació en 1931, en Klerksdorp, hijo de un maestro y de una empleada doméstica, y creció bajo el apartheid. A los 15 años contrajo tuberculosis y pasó cerca de 18 meses hospitalizado, donde entabló amistad con el sacerdote anglicano Trevor Huddleston, que lo visitaba casi todas las semanas.
Se formó como maestro, pero en 1957 dejó la docencia en protesta contra la Bantu Education Act, ley que imponía una enseñanza inferior a los niños negros. Se volcó entonces a la teología, fue ordenado sacerdote en 1960 y, en 1962, se mudó al Reino Unido para perfeccionar sus estudios en el King’s College de Londres.
De vuelta en Sudáfrica, asumió cargos eclesiásticos cada vez más visibles, hasta convertirse, en 1978, en secretario general del Consejo Sudafricano de Iglesias. Desde allí usó el púlpito ecuménico como plataforma de resistencia pacífica, defendiendo sanciones contra el apartheid cuando muchas otras voces eran silenciadas.
En 1984 recibió el Premio Nobel de la Paz por su liderazgo en la campaña no violenta contra el apartheid. En 1986 se convirtió en el primer arzobispo negro de Ciudad del Cabo, cargo que ocupó hasta 1996.
Con el fin del apartheid, Nelson Mandela lo invitó a presidir la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, creada en 1995. Allí Tutu defendió que solo la confesión pública y el perdón, no la venganza, podían sanar al país, y acuñó la expresión nación arco iris para describir a la nueva Sudáfrica. El modelo, sin embargo, fue blanco de críticas relevantes: muchas víctimas y organizaciones de derechos humanos consideraron que la amnistía a cambio de confesión pública era insuficiente, ya que buena parte de los responsables de los crímenes del apartheid nunca llegó a ser procesada.
Su voz profética no siempre fue consensuada. Sus comparaciones entre el trato de Israel a los palestinos y el apartheid sudafricano irritaron a líderes judíos, que lo acusaron de desequilibrio, y su defensa abierta de la inclusión de personas LGBT en la iglesia lo puso en curso de colisión con sectores más conservadores de la Comunión Anglicana, incluso fuera de Sudáfrica.
Murió en 2021, a los 90 años, tras convivir por más de dos décadas con cáncer de próstata, diagnosticado en 1997. Dejó el testimonio de que la fe cristiana puede confrontar la injusticia sin odio, y de que la reconciliación, por más dolorosa e imperfecta que sea, es siempre un camino más fértil que la venganza.