Huérfano de padre y madre siendo aún joven, David Brainerd creció marcado por una melancolía profunda y por la conciencia de la brevedad de la vida. Ese dolor personal moldearía más tarde su urgencia por llevar el evangelio a quienes nunca lo habían escuchado.
A los 21 años, en julio de 1739, vivió una experiencia de rendición que describió como el comienzo de una nueva relación con Dios. Meses después ingresó en Yale College, pero fue expulsado en 1742 por un comentario duro sobre la espiritualidad de un tutor y por negarse a retractarse públicamente, episodio que él mismo reconocería después como un error de juicio.
Apartado del camino pastoral tradicional, Brainerd fue autorizado para predicar por la Asociación de Ministros de Danbury, Connecticut, en julio de 1742. Meses después, en noviembre de ese año, fue designado misionero a los indígenas por los Corresponsales de la Sociedad de Escocia para la Propagación del Conocimiento Cristiano. En 1743 inició su trabajo entre los mahicanos en Kaunaumeek, en el interior de Nueva York, viviendo en aislamiento y privaciones.
En 1744 pasó a trabajar entre pueblos indígenas de la región de Forks del Delaware, en Pensilvania, y en junio de ese año fue ordenado por el Presbiterio de Nueva York. En 1745 se mudó a Crossweeksung, en Nueva Jersey, donde vio a más de cien indígenas lenapes convertirse en pocos meses, el mayor fruto visible de su breve ministerio.
La tuberculosis, que ya lo acompañaba desde los tiempos de Yale, avanzó de forma implacable. En 1747, demasiado debilitado para continuar el trabajo, fue llevado a la casa de su amigo Jonathan Edwards, en Northampton, donde fue cuidado por Jerusha, hija de Edwards de entonces diecisiete años, hasta morir a los 29 años, el 9 de octubre de ese año. Jerusha contrajo la misma enfermedad al cuidarlo y moriría pocos meses después, en febrero de 1748.
Dos años después, Edwards organizó y publicó el diario de Brainerd, incluyendo sus luchas con el desánimo y la duda junto a los relatos de conversión entre los indígenas. El predicador inglés John Wesley llegó a recomendar la lectura de la obra a todo pastor.
El impacto se extendió por generaciones: misioneros como William Carey y Henry Martyn citaron el diario de Brainerd como inspiración directa para dejarlo todo y servir entre pueblos distantes.
Su historia recuerda que el llamado misionero no exige salud plena, talento excepcional o vida larga, solo fidelidad en el tiempo que se tiene, incluso en medio del dolor y la incertidumbre.