Quien ya ha servido entre bastidores, haciendo el trabajo pesado mientras otro recibe la atención, entiende algo de la vida de Baruc. Él no profetizaba, no confrontaba a reyes, no tenía su nombre gritado en las calles. Escribía. Y, sin embargo, sin él, buena parte de la palabra de Dios podría haberse perdido.
Baruc era hijo de Nerías y servía como escriba, el profesional que sabía escribir en un tiempo en que pocos sabían. Jeremías lo llamó para una tarea inusual: dictar, palabra por palabra, todo lo que el Señor había hablado, para que Baruc lo registrara en un rollo (Jeremías 36:4). Fue Baruc quien llevó aquel rollo al templo y lo leyó ante el pueblo, en voz alta, sabiendo que aquellas palabras de juicio no serían bien recibidas (Jeremías 36:10).
Cuando los líderes de Judá se enteraron del contenido, mandaron llamar a Baruc y le pidieron que leyera todo de nuevo, llenos de temor (Jeremías 36:15). El rey Joacim, al escuchar solo algunas columnas, mandó quemar el rollo entero en el brasero (Jeremías 36:23). Jeremías y Baruc tuvieron que esconderse. Pero el trabajo no se perdió: Jeremías dictó todo otra vez, y Baruc volvió a escribir cada palabra, añadiendo aún más (Jeremías 36:32).
En los días finales de Jerusalén, Baruc siguió al lado del profeta. Después de la caída de la ciudad, fue llevado, contra la voluntad de ambos, a Egipto, junto con el resto del pueblo (Jeremías 43:6). Antes de eso, en un momento de cansancio y desánimo, Dios envió por medio de Jeremías una palabra personal a Baruc: él buscaba cosas especiales para sí, pero debía confiar en que su vida sería preservada en medio del desastre (Jeremías 45:5).
La vida de Baruc recuerda que Dios no mide el valor de un siervo por el tamaño del escenario que ocupa. Él escribió, leyó, volvió a escribir y siguió adelante, sin pronunciar nunca una profecía propia. Y, aun así, su fidelidad silenciosa llevó la palabra de Dios a través del fuego, del exilio y del miedo, hasta llegar hasta nosotros.