¿Cuántas veces un cambio forzado, un despido, un traslado de ciudad, parece solo pérdida? Aquila conocía bien ese sentimiento: un decreto del emperador Claudio expulsó repentinamente a todos los judíos de Roma, y él tuvo que empezar de nuevo, en otro país.
Aquila era natural del Ponto, región al norte de la actual Turquía, y se ganaba la vida fabricando tiendas. Expulsado de Roma junto con su esposa, Priscila, fue a parar a Corinto, en Grecia. Allí conoció a otro judío que sabía el mismo oficio: Pablo de Tarso (Hechos 18:1-3).
El apóstol pasó a vivir y trabajar con la pareja, cortando y cosiendo lona mientras predicaba el evangelio en la ciudad. Cuando Pablo siguió su viaje, Aquila y Priscila fueron con él hasta Éfeso y allí se quedaron (Hechos 18:18-19).
En Éfeso, la pareja escuchó a un predicador talentoso llamado Apolos, que conocía bien las Escrituras pero tenía un entendimiento incompleto del evangelio. En vez de exponerlo en público, Aquila y Priscila lo llevaron a su casa y le explicaron con más precisión el Camino de Dios (Hechos 18:24-26).
Con el tiempo, la pareja volvió a Roma, y su casa se convirtió en punto de reunión de una iglesia (Romanos 16:5). Pablo los llama colaboradores en Cristo Jesús y dice algo poco común sobre alguien en sus cartas: que arriesgaron su propia vida por él (Romanos 16:3-4).
Años después, ya cerca del final de su vida, Pablo escribe su última carta y no se olvida de la pareja, enviando saludos a Priscila y Aquila (2 Timoteo 4:19). El nombre de ellos atraviesa casi toda la correspondencia del apóstol, siempre en pareja, siempre sirviendo.
La vida de Aquila muestra que Dios usa una mesa de trabajo tanto como un púlpito. Él no recibió visiones ni escribió cartas, pero abrió su propia casa, corrigió con paciencia a un predicador y arriesgó su propia vida por causa del evangelio. Sin gente como él, el Camino de Dios no habría avanzado tan lejos.