Todo ser humano se ha preguntado alguna vez de dónde viene y por qué el mundo es al mismo tiempo tan hermoso y tan quebrado. La historia de Adán responde a esa pregunta desde el comienzo, porque él fue el primero en vivir tanto la perfección de la creación como el peso de una elección equivocada.
Dios formó a Adán del polvo de la tierra y sopló en él aliento de vida, haciéndolo el único ser creado a imagen divina entre todas las criaturas (Génesis 1:27; 2:7). Fue colocado en el Jardín del Edén con la tarea de cuidar la tierra y dar nombre a los animales, y recibió de Dios una única prohibición: no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:15-17).
Al percibir que el hombre necesitaba compañía, Dios formó a Eva a partir de una costilla de Adán, y él la recibió con alegría como “hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Génesis 2:23). Los dos vivían desnudos y sin vergüenza, en comunión plena con Dios y el uno con el otro (Génesis 2:25).
Esa comunión se quebró cuando la serpiente engañó a Eva, y Adán, presente y consciente, también comió del fruto prohibido que ella le ofreció (Génesis 3:6). Cuando Dios los confrontó, Adán culpó a Eva en lugar de asumir su propia responsabilidad (Génesis 3:12).
La consecuencia fue profunda: el trabajo que antes era gozoso se volvió penoso, y la muerte, hasta entonces ajena al mundo, comenzó a rondar a cada descendiente de Adán (Génesis 3:17-19). Aun así, Dios vistió a la pareja con pieles de animales antes de enviarlos fuera del Edén, una señal de cuidado en medio del juicio (Génesis 3:21-24).
Adán vivió 930 años y engendró a Caín, Abel, Set y otros hijos e hijas (Génesis 4:1-2; 5:3-5). El apóstol Pablo presentaría más tarde a Adán como la figura que trajo el pecado a todos, en contraste directo con Cristo, el “último Adán” que trae vida a quien confía en él (Romanos 5:12; 1 Corintios 15:22,45).
La historia de Adán no trata sobre un hombre lejano: trata sobre el origen mismo de la condición humana, el deseo de decidir por cuenta propia qué es correcto y qué es incorrecto. Y por eso el segundo Adán, Jesús, se convierte en la mejor noticia posible: donde el primero trajo la caída, el segundo ofrece restauración completa.