Durante el asedio final de los babilonios a Jerusalén, el profeta Jeremías seguía anunciando que la ciudad caería y aconsejaba la rendición. Para los líderes de Judá, ese mensaje parecía traición y desánimo para las tropas que aún resistían.
Cuatro oficiales, Sefatías, Guedalías, Jucal y Pasur, pidieron al rey Sedequías la muerte del profeta. El rey, débil ante ellos, respondió que Jeremías estaba en manos de sus propios acusadores.
Bajaron a Jeremías con cuerdas a la cisterna de Malquías, hijo del rey, en el patio de la guardia. No había agua allí, solo fango, y el profeta se hundió, sin fuerzas para salir por sí mismo.
Ebed Melec, un oficial cusita del palacio, se enteró de lo que habían hecho e intercedió ante el rey. Con autorización real, sacó a Jeremías usando cuerdas acolchadas con trapos viejos, salvando su vida.
La cisterna de Malquías muestra cómo Dios levanta socorro inesperado, muchas veces por medio de quien menos se esperaría, para proteger a sus siervos cuando las propias autoridades no hacen justicia.
