Malaquías cierra el Antiguo Testamento con una confrontación directa. Dios ama a su pueblo, pero el pueblo ya no sabe reconocer ese amor ni responder a él con el mismo cuidado.
El nombre del profeta significa mi mensajero, y es exactamente eso lo que él hace. Entrega, palabra por palabra, un mensaje que Dios quiere que el pueblo escuche después de décadas de descuido espiritual.
El libro tiene una estructura poco común. Es una serie de diálogos en los que Dios hace una acusación, el pueblo responde con una pregunta escéptica, y Dios explica con paciencia lo que hay detrás de la acusación.
Así aparecen sacerdotes que ofrecen animales enfermos en el altar, parejas que abandonan a la esposa de la juventud y un pueblo entero que retiene de Dios los diezmos y las ofrendas.
Detrás de cada acusación, sin embargo, hay un Dios que no se rinde. Él mismo declara que no cambia, y por eso el pueblo, a pesar de todo, todavía no ha sido destruido.
Malaquías también invita a una confianza práctica. Poner a Dios a prueba trayendo el diezmo completo y ver si él no abre las compuertas de los cielos con una bendición mayor de la que hay espacio para guardar.
Las últimas palabras del libro miran hacia adelante. Dios promete enviar al profeta Elías antes del gran día del Señor, un anuncio que solo se cumpliría siglos después, en el ministerio de Juan el Bautista.
Después de Malaquías, el Antiguo Testamento se calla. Ningún otro profeta habla de parte de Dios durante unos cuatrocientos años, hasta que un ángel se le aparece a un sacerdote llamado Zacarías.
Leer Malaquías es mirar de frente a la propia fe y preguntarse si todavía le ofrece a Dios lo mejor o solo lo que sobra. Que esta lectura despierte un corazón fiel a un Dios que nunca dejó de ser fiel.