Corinto era una ciudad portuaria rica, llena de comercio, cultura y también de inmoralidad. Fue allí donde Pablo pasó un año y medio predicando el evangelio y vio nacer una iglesia llena de dones espirituales, capacidades dadas por Dios para servir a la iglesia.
Años después, viviendo ya en Éfeso, Pablo recibió noticias preocupantes. La iglesia de Corinto vivía dividida en grupos rivales y toleraba pecados que avergonzarían incluso a los vecinos paganos.
La propia iglesia también había enviado una carta con preguntas sobre el matrimonio, los alimentos ofrecidos a los ídolos y el uso correcto de los dones espirituales. Pablo responde a cada punto con claridad pastoral.
La carta corrige con franqueza, pero nunca con frialdad. Pablo confronta el pecado sin renunciar a la iglesia que él mismo ayudó a formar en Cristo.
En medio de la corrección está uno de los textos más amados de toda la Biblia: el capítulo del amor. Allí Pablo enseña que ningún don, por más impresionante que parezca, tiene valor sin amor.
La carta también defiende con firmeza la resurrección de Cristo de entre los muertos. Sin ese hecho histórico, dice Pablo, toda la predicación y toda la fe cristiana serían inútiles.
1 Corintios muestra que el evangelio cambia no solo lo que la persona cree, sino también cómo vive: en el matrimonio, en el trabajo, en el culto y en el trato con el hermano más débil en la fe.
Es una carta escrita para una iglesia real, imperfecta, pero amada por Dios. Vale la pena leerla despacio y dejar que también corrija y consuele el corazón de quien la lee hoy.