Pocos pastores marcaron tan hondo la manera en que las iglesias protestantes predican hoy como Ulrico Zuinglio. Antes de él, la predicación seguía un calendario fijo de lecturas litúrgicas. Él decidió predicar libro por libro, capítulo por capítulo, y esa elección sencilla cambió la Reforma en Suiza.
Nacido el 1 de enero de 1484 en Wildhaus, en los Alpes suizos, era hijo de una familia de agricultores. Estudió en Basilea y Viena, donde tuvo contacto con las ideas humanistas de Erasmo de Róterdam. Fue ordenado sacerdote en Constanza, en 1506.
Sirvió como pastor en Glarus y Einsiedeln antes de asumir, en 1519, el púlpito de la iglesia Grossmünster, en Zúrich. Allí abandonó el leccionario tradicional y comenzó a predicar el Evangelio de Mateo versículo por versículo, práctica que se conoció como predicación expositiva continua.
En 1523, defendió públicamente sesenta y siete artículos ante el consejo de la ciudad, afirmando que solo la Escritura, y no la tradición de la Iglesia, debía regir la fe y el culto. El consejo decidió a su favor, y Zúrich rompió formalmente con Roma.
Zuinglio simplificó la liturgia, abolió las imágenes y la música instrumental en los templos y reformuló la Cena como memorial de la muerte de Cristo, no como sacrificio repetido. Esa lectura lo puso en rumbo de colisión con Martín Lutero: en el Coloquio de Marburgo, en 1529, ambos coincidieron en casi todo, menos en la presencia de Cristo en el pan y el vino.
Su defensa de la Reforma tuvo un lado duro. Cuando antiguos discípulos formaron el movimiento anabautista y rechazaron el bautismo de los niños, el consejo de Zúrich decretó pena de muerte para quien rebautizara, y Zuinglio no se opuso: en 1527, Félix Manz fue ahogado en el río Limmat, el primer mártir anabautista a manos de protestantes.
También se involucró directamente en la política de guerra entre cantones reformados y católicos. En 1531, en la Segunda Guerra de Kappel, murió en combate junto a las tropas de Zúrich, a los 47 años, un final poco común para un reformador y señal de cuánto mezcló fe y poder político en su época.
Su legado sobrevivió a la derrota militar. Su sucesor, Enrique Bullinger, consolidó lo que él había comenzado, y la tradición reformada suiza, con su énfasis en la autoridad de la Biblia y en la predicación expositiva, se extendió por Europa y, más tarde, por el mundo a través de las misiones protestantes.