Antes de cruzar el mundo por Cristo, Adoniram Judson estuvo a punto de perder la fe. Joven brillante, graduado con honores en Rhode Island, vivió años de duda, influenciado por un compañero escéptico. Pocos imaginan que el misionero recordado por décadas de sufrimiento comenzó como un muchacho inseguro sobre lo que realmente creía.
Nacido en Malden, Massachusetts, en 1788, hijo de un pastor congregacional, Judson creció rodeado de fe, pero la abandonó por un tiempo en la universidad. Un sermón sobre la necesidad de misioneros en Oriente lo alcanzó de nuevo, y decidió dedicar su vida a pueblos que nunca habían oído el evangelio.
En 1812, se casó con Ann Hasseltine y partió como misionero a la India. Durante el largo viaje en barco, al estudiar el tema del bautismo, la pareja cambió de convicción y se hizo bautista, rompiendo con la agencia que los había enviado. Tuvieron que empezar de nuevo solos, sin sustento garantizado.
Se establecieron en Rangún, Birmania, en 1813. Judson dedicó años al estudio del birmano, un idioma que nadie de Occidente había sistematizado aún para el evangelio. Solo después de seis años de trabajo bautizó al primer converso birmano, en 1819, un resultado que exigió una paciencia extraordinaria.
En 1824, durante la guerra entre el Imperio Birmano e Inglaterra, Judson fue apresado como supuesto espía. Pasó cerca de diecisiete meses encadenado en prisiones, incluida la temida Ava, sometido a hambre, enfermedad y malos tratos, mientras Ann luchaba desde fuera para mantenerlo con vida.
Poco después de su liberación, Ann murió, y Judson se sumió en un duelo profundo que duró cerca de un año. Llegó a pasar cuarenta días solo en una cabaña en la selva, cavó su propia tumba y adoptó austeridades severas inspiradas en místicos católicos, atormentado por dudas sobre sus propios motivos como misionero.
Judson se recuperó, retomó el trabajo y, en 1834, concluyó la traducción de toda la Biblia al birmano, fruto de más de veinte años de esfuerzo. Se casó otras dos veces tras enviudar de nuevo, y tuvo trece hijos en total, de los cuales solo siete sobrevivieron a la infancia. Varios de los hijos que sobrevivieron fueron criados por parientes en Estados Unidos, lejos de su padre, un costo personal que los biógrafos señalan como parte del precio de su dedicación a la misión.
Murió en 1850, a bordo de un barco, y fue sepultado en el mar. Dejó una Biblia completa en birmano, un diccionario y una iglesia de miles de creyentes. Su vida recuerda que la fe puede atravesar la duda, la prisión y la pérdida sin dejar de confiar en las promesas de Dios.